Aprender a decir «no»


Este año es la primera vez que me he tomado una semana de vacaciones de verdad. Y con esto me refiero a que he desconectado de las redes sociales: no he contestado mensajes, no he compartido publicaciones, no he generado contenido, no he mirado apenas nada.

Lo necesitaba. Llevo tiempo pensándolo. Hace unos meses puse en práctica por primera vez el control parental porque me asustaba la cantidad de veces que desbloqueaba el móvil por inercia para echar un vistazo. Podría pensar que era por aburrimiento, pero ahora comprendo que es tan solo por costumbre. En casa hemos establecido unas normas: él se desinstala las aplicaciones de lunes a viernes (es así de metódico cuando se le mete algo en la cabeza); en mi caso, como son una herramienta de trabajo, el móvil me avisa cuando sobrepaso un límite de tiempo diario, así que intento aprovechar al máximo esos intervalos para que sean productivos y no entretenerme más de la cuenta.

Si os estáis preguntando a qué viene tanto lío, os diré que para mí es una cuestión de calidad de vida. Y también una «lucha», porque las redes sociales me aportan muchas cosas, por eso cuesta tanto trazar la línea divisoria. Lo de los límites me ocurre con todo, en realidad. Incluso con este blog. Es desternillante ver la cantidad de entradas que he ido acumulando desde hace años porque, después de escribirlas, me pregunto a quién demonios podrá interesarle leer eso. O porque me da miedo que sean demasiado personales. O por inseguridades. Me gusta pensar que nunca el tiempo es perdido y que al menos me sirvieron como desahogo en su momento o para reorganizarme las ideas.

Pero, a lo que iba, (y a riesgo de que esta sea una de esas entradas que acaben en la carpeta de «borradores»), que estas vacaciones he desconectado de verdad. Han sido unos días en la playa, aquí cerquita, y luego en casa y los alrededores. Pero qué bien me han sentado. Qué vacía tenía la cabeza de cosas prescindibles cuando llegaba la noche y qué llena de pensamientos importantes que a veces no encuentran su hueco. Y sé que puede parecer patético que me resulte fascinante desatender las redes sociales durante un tiempo, pero para mí no lo es, y podría resumir las múltiples razones en una sola palabra: culpabilidad.

La culpa es el germen del estrés y, como este blog es mi casa, me atreveré a generalizar y a decir que nos afecta especialmente a las mujeres. En mi caso, me siento culpable cada vez que no contesto un mensaje privado o respondo dudas. Y son muchos los que llegan diariamente, creedme. Pero cuando lo hago, cuando invierto el tiempo libre que tengo en ello, también me siento culpable por no estar jugando con mi hijo sin interferencias o pasando ratos de calidad en pareja. Ahora mismo, mientras escribo esta entrada, no dejo de pensar que podría estar trabajando en la historia que tengo entre manos y que debería avanzar. Si una semana no llego a todo y no saco tiempo para ir a ver a mi abuela, me carcome la culpa y empiezo a pensar cosas como: «¿Y si le ocurriese algo?». Me siento mal hasta cuando rechazo una barbacoa con los amigos. Y también si no leo lo suficiente, o no hago deporte, o no cocino, o no me entero de las noticias, o se me acumulan los WhatsApp

Es agotador vivir así. Y creo que nos pasa un poco a todos en mayor o menor medida. Las obligaciones, las responsabilidades, los cargos de conciencia, esa vocecita incómoda…

Os contaré algo: me cuesta especialmente decir la palabra «no» o negarme a cualquier petición porque he aprendido a ser así. Siempre he sido esa persona que lidia en los problemas y se dedica a desenredar los nudos de los demás. En todas las familias hay alguien, seguro. Se trata de convertirte en el comodín de la llamada. Nunca debes cabrearte, ser extremista o decir «hasta aquí hemos llegado». Es un papel donde se valora la flexibilidad; y tienes que ser empática y moverte entre grises y ser siempre comprensiva.

Soy así por naturaleza, evito el conflicto desde que tengo uso de razón: asiento, mastico y trago en silencio. Con esto no quiero decir que no me rebele, pero es cierto que elijo bien mis batallas. Mientras escribo estas líneas, de hecho, acabo de darme cuenta de que soy un poco Ginger, justo uno de los personajes femeninos con los que menos pensaba que tenía en común. Parte de su trama consistía en que aprendiese a decir «no». Como ella, yo también me veía en la obligación de llevarme bien con mis ex porque les tenía cariño y era majos, y de hacer lo que otros esperaban de mí, y de mantener vivas todas mis amistades (aunque con la mitad ya no tuviese nada en común). Pero ¿qué sentido tiene todo eso?

La palabra «egoísta» suena fatal, pero creo que somos muchas las que deberíamos serlo más a menudo. «Excesivo amor a sí mismo», dice su definición. ¿Cómo vamos a ocuparnos de nada más si no nos contentamos, amamos y satisfacemos en primer lugar? Aprender a decir «no» es difícil, mucho más que lo contrario, pero es un lastre del que deberíamos desprendernos. Y sé que todo esto ha empezado por unas vacaciones y un corto tiempo de desconexión, pero es que el otro día, mientras ellos jugaban a lo lejos en la arena, me dio por pensar en esto y en todas esas imposiciones diarias que en apariencia son inofensivas, pero terminan convirtiéndose en un bombardeo. Este año, el año de la pandemia, he empezado a decir «no». No, no puedo aceptar todas las propuestas para hacer directos, compartir siempre lo que me llega, mandar ejemplares de mi novela, leer libros de otra persona o aceptar cada petición personal. Y de verdad, lo siento. Siento que muchas personas se enfaden cuando no obtienen lo que esperan de mí, pero ha llegado el momento de priorizar y de dejar de sentirme culpable por todo aquello que no logro hacer o con lo que no estoy de acuerdo.

Y si tú también te sientes culpable al final del día, te propongo algo que me dijeron hace poco y que me ha servido para poner límites y asumir que es imposible contentar a todo el mundo: cuando llegue la noche, apunta aquello que sí has hecho y luego mira a tu alrededor,  piensa en la gente que te cuida y a la que quieres cuidar, dedícate tiempo (aunque sea poco, con un pequeño paso se pueden empezar largos trayectos), revisa tu lista de deseos (que es tan importante -o más- que la de los demás), y siéntete orgullosa del camino recorrido sin pensar constantemente en la línea de meta.

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