Alice Kellen
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Olió que había muerto. Lo olió.

El aire se volvió más denso tras el último aliento del abuelo, que era todo pelo entrecano, nariz bulbosa, bolsillos llenos de caramelos de limón. Junto a su cama, la niña contempló el cadáver a medio camino entre el asombro y el desconcierto. La tristeza aguardaba un poco más abajo, aún tardaría en subir al escenario. El abuelo, que era todo chistes malos y monedas que encontraba detrás de las orejas, tenía los ojos abiertos pero vacíos. Se fijó en las tres pecas que dormían en su brazo derecho, dos estaban muy juntas y la otra parecía querer huir de la piel. Tocó una con la punta del dedo. Estaba caliente. El abuelo, que era todo tomates del huerto y manos endurecidas y llenas de tierra. El silencio se rompió de golpe cuando entró la abuela en la habitación con el vaso de agua que había ido a buscar. El ruido del cristal. El líquido lamiendo las baldosas del suelo. La voz alzándose para llamar al resto de la familia que permanecía reunida en el salón a la espera del previsible desenlace tras la larga enfermedad. El llanto. Algún gemido quedo. Las voces apagadas que se entremezclaban. Una mano rápida cerrando los ojos del abuelo, que era todo espuma de afeitar y brocha, bicarbonato y westerns tras las comidas. La madre le dijo que tenía que salir, que aquel no era lugar para una niña, como si la muerte habitase solo el dormitorio. Ella dio un paso atrás y otro y otro más, hasta tocar la pared con la espalda y quedarse debajo del perchero, entre un paraguas y un abrigo y dos chubasqueros. Era un camaleón, sabía pasar desapercibida. Cerró los ojos y pidió un deseo adelantado de cumpleaños. Quiso volver a subirse sobre esos hombros firmes, que fuesen a buscar cangrejos a la orilla de la playa, rogarle que le comprase un algodón de azúcar y que él se resistiese un poco antes de ceder con una sonrisa disimulada. Y volver a hablar con el abuelo, que era todo tirarse en la alfombra para jugar a los botones y animar a Induráin delante del televisor, porque él siempre tenía en cuenta sus preguntas.

—Abuelo, ¿por qué Dios es una persona y no un gato o una pulga o un colibrí?

—Ni idea. Pero podría ser un gato, sí. ¿Prefieres naranja o negro?

—Gris oscuro, con las uñas afiladas. Y, abuelo, otra cosa.

—Dime, nena. —Las gafas resbalaban nariz abajo.

La llamaba así. «Nena» esto y «nena» lo otro.

—¿Dios tendrá aire acondicionado?

—Supongo. Si él lo inventó todo…

—¿Y estará escuchándonos ahora?

Cuando la conversación se alargaba, él doblaba el Marca y lo dejaba a un lado con un suspiro. Después, con las manos cruzadas sobre la tripa, se centraba en la nieta.

—Nena, ¿qué es lo que te preocupa?

Ella miraba arriba antes de susurrar:

—No quiero que oiga lo que pienso.

—Si Dios es un gato, ¡no te entiende!

—Ahhh. Genial. —Sonreía aliviada.

Y luego jugaban al dominó. O a las cartas. O seguían hablando de lo primero que se le ocurriese: «¿Cómo será ser un gusano y vivir en una ciruela dulce y ver el mundo todo amarillo? Creerá que está dentro del sol». El abuelo asentía con seriedad. Más tarde: «Dentro de doscientos años, ¿alguien se acordará de nosotros?». Y él chasqueaba la lengua: «Qué va, si a la gente se la olvida antes de que muera». «Qué mala memoria tienen algunas personas, ¿no?» «Ya ves, nena. Hay que vivir para hoy».

La niña alcanzó a ver el cuerpo que yacía sobre la cama entre las cabezas que se agolpaban alrededor. Hablaban del seguro, de avisar a los amigos, de pedir las flores (sus preferidas eran los claveles), de elegir la ropa adecuada del armario. Si el abuelo hubiese aparecido a su lado como uno de esos fantasmas de dibujos animados, le habría preguntado para qué todo aquello y él le habría respondido: «Hay que ser educado, nena: se le dice bienvenido al que llega y adiós al que se va». Y ella hubiese asentido, aun sin entenderlo del todo porque los formalismos se le resistían: no le gustaba que las tías le diesen besos en las mejillas ni sonreír a desconocidos de forma mecánica. Después, tras unos instantes de silencio, le hubiese recordado aquella vez que vio a un ratón muerto entre los matorrales y el tiempo se detuvo mientras las cornejas desnudaban al animalillo picotazo a picotazo hasta los huesos.

¿Qué diría el abuelo, que ya era todo pasado?

La semana pasada quedé con una amiga para desayunar y, entre cafés y paseos por Madrid, le hablé de una idea a la que llevo tiempo dándole vueltas: lo extraordinario que es que un sentimiento nos pertenezca de una manera absoluta, casi pura, sin necesidad de que sea reciproco. Cuando comprendes que algo que sientes es tuyo y solo tuyo, qué o quién lo provoque se vuelve, en cierto modo, irrelevante. Se parece a mirar un cuadro. Estás tú, está el cuadro y está lo que el autor quiso expresar al pintarlo. Podemos mutilar el tercer punto y la escena seguiría teniendo sentido. Es inevitable: lo que la obra despierta en nosotros nos toca con más fuerza que lo que se deseó narrar con ella, aunque llegue a rozarse esa percepción. Esta amiga (cuyo blog os recomiendo), entendió al vuelo lo que quería decir y me contó que, cuando iba al instituto, le escribió nada menos que ciento cincuenta cartas al chico del que estaba enamorada. Él no leyó ninguna. Nunca supo que existían. Pero ella lo sintió todo, lo plasmó en el papel, lo observó desde distintos ángulos, lo disfrutó, lo sufrió y, al final, lo olvidó. Me hizo pensar en todo lo que permanece contenido dentro de nosotros, ya sea rabia, ya sea miedo, ya sea pasión, ya sea lo que sea, y en qué palabras le dedicaríamos a un amor, a una amiga o a un familiar si les escribiésemos cartas teniendo la certeza de que jamás las leerán y que, por lo tanto, no habrá una respuesta de vuelta. Podríamos ser brutalmente honestos, animales salvajes. La falta de receptor, no esperar nada, nos liberaría de cualquier duda o temor. En ese espacio propio, que me gusta imaginar como una especie de callejón estrecho y con encanto en la ciudad adoquinada que es la cabeza, podemos sentir y sentir hasta el hartazgo.

En la película Las chicas están bien, de Itsaso Arana, hay un diálogo espectacular. Tenéis la secuencia aquí, pero lo transcribo: «Que me gustas. Y que me gustas independientemente de que yo te guste a ti o no. O sea, que me gusta la idea de que existas en el mundo y creo que con eso debería valer. Me gustas como idea, me gustas como unidad. Y que no me vas a gustar menos si me rechazas (…) Me gusta no depender de tu mirada, porque yo ya estoy cansada de depender de la mirada de los demás y no me apetece más. Y, mira, ahora que lo estoy pensando, es que va a ser mejor si no te gusto, porque eso va a significar que el amor es completamente mío y no una respuesta a tu mirada. ¿Sabes qué pasa? Que durante mucho tiempo he preferido la literatura a la vida, la ficción a la vida, la fantasía a la vida (…) Corro en la dirección contraria a la realidad con una fuerza fascinante. Yo le huyo a la realidad como a la muerte».

Que algo nos pertenezca es permitirse ser. «El problema es que algunos sentimientos pinchan y acogerlos es doloroso, como abrazar a un cactus», escribí hace muchos años en un diario. No es agradable admitir que se detesta a alguien de la familia, que se desea a la persona incorrecta, que se envidia a una amiga. Duele. Pero también deberíamos hacer nuestro ese dolor, acunarlo para poder entenderlo hasta desenredarlo. Al fin y al cabo, ¿qué no duele en la vida? Recuerdo aquella vez que alguien me dijo con una abrumadora sinceridad: «A mí me duele todo, pero especialmente la felicidad, porque cuando estoy allá en lo alto sé que después viene la bajada».

El cuadro que miraría hoy con independencia de lo que nuestro amigo Monet quisiese expresar, pincel en mano, allá por 1873. Me quedaría horas delante de los campos de amapolas de Argenteuil, de las líneas curvas, de la luz, de esa sencillez.

Estoy en un taxi de camino al aeropuerto. Empezamos a hablar. El hombre me dice que se está preparando para una carrera de ciclismo, me enseña el resumen de la última en el móvil, me cuenta que de joven se dedicó a este deporte de forma profesional, pero que al final… (Se abre el silencio, me puede la impaciencia). «¿Qué?». Sin dejar de conducir, se señala la cabeza con el dedo: «El problema siempre es la hormigonera». Asiento y anoto la frase. Me gusta imaginar la mente como una hormigonera deslucida pero eficiente: hay que mantenerla en constante movimiento a un ritmo concreto para que todo se mezcle bien y, si se para, el cemento se seca, todo acaba. Seguimos charlando sobre el éxito, la presión, la fragilidad y el esfuerzo. Él añade: «A la gente lo único que le importa es el resultado final. Nadie piensa en el recorrido hasta allí ni recuerda a los segundos o a los terceros, ni qué decir del decimoséptimo. Pero llegar a ese lugar es la hostia». Le contesto: «Pasa con todo. Solo se ve la punta del iceberg».

*** 

De camino a casa, en el coche. El pequeño grita: «Mira, mamá, esas nubes están muy sucias y el sol se ha roto». Lo pensé durante horas y no se me ocurrió una forma más maravillosa de describir un día nublado justo antes de la tormenta.

*** 

En León, México, vemos en la calle un cartel genial donde pone: «Se hizo lo que se pudo». Es, claramente, el tipo de lema que nos va. Repetiremos la frase hasta el hartazgo durante el resto del viaje, las circunstancias son lo de menos. Nos acercamos para hacer una fotografía y aparece el dueño del lugar. «¿Qué estáis buscando?» Le explicamos que íbamos a un restaurante y nos hemos detenido al ver el cartel. «Venid», dice. Entramos por la parte de atrás, atravesamos un pub, una cocina y llegamos hasta el comedor del local. «¿Queréis saber la historia de esas palabras?» Por supuesto que queremos. ¿Quién puede resistirse a un buen relato que llega de improviso? Juan, así se llama, se sienta a la mesa con nosotros. Nos cuenta que su padre comentaba los partidos de fútbol más aburridos con una emoción desbordante. Que una vez un tipo de otra ciudad lo escuchó y quiso conocerlo, le preguntó cómo conseguía narrar con tanta pasión cuando no estaba ocurriendo nada en el terreno de juego, a lo que él le contestó: «Hay que echarle crema a los tacos». A Juan se le nota el cariño en la voz cuando habla del padre, que le legó esta frase: «Me despido con la conciencia tranquila de haber hecho lo que se pudo. Que hagan más los que más puedan».

Después de un silencio, Juan señala las salsas que nos han servido y nos explica las características de cada una. Los nombres son los siguientes: salsa baba de Dios, salsa los sentimientos, salsa los mocos del ángel. Las tres pican como el infierno. No miramos la carta. Se le dice: «Elige tú la comida, que esta es tu casa». Y van saliendo los platos, probamos la cerveza artesanal del padre con su perro en la etiqueta, hace un día espléndido, todo está delicioso. Se respira mejor al dejarse llevar.

*** 

La risa no tiene edad. Tampoco la mirada.

*** 

¿Por qué se crea una intimidad concreta con algunas personas, casi como si no se pudiese remediar, y no hay atisbo de ella con otras que orbitan alrededor durante años y permanecen siempre en la superficie? ¿Se puede forzar o buscar? Y al revés: ¿Arrancar o evitar? ¿La complicidad surge de forma natural o se trabaja para que exista? Hay algo deslumbrante en el hecho de hablar un mismo idioma, no en palabras, sino en vida. Es la única forma de ver, pero, sobre todo, de dejarse ver. La desnudez emocional carece de sentido si no se entiende, es como lanzar al mar una botella con un papel en blanco. Saber leer los silencios es intimidad. Bajar a las profundidades en apnea es intimidad. Intuir los vacíos ajenos es intimidad. Que te cueste sostener una mirada es intimidad. No ser capaz de mantener los hilos desenredados es intimidad. O dicho de forma ordinaria: compartir un postre, beber de la cerveza del otro, no despedirse nunca del todo. 

***

Este párrafo que marqué de Legado, una novela de Agustín Márquez Díaz: «Cómo decir que muchos de nosotros vivimos en un mundo dado, regalado, sin caer en el cinismo. «Lo regalado ni agradecido ni pagado», dice mi madre. ¿Cómo saber a qué mundo se pertenece? «Es fácil saberlo», dice un amigo, presidente de una ONG, «en los países necesitados no existen ni el estreñimiento ni el estrés. Se come lo que se puede hoy, sin importar las condiciones del alimento, porque mañana no saben si tendrán algo que llevarse a la boca». Se tiene estreñimiento si hay alimento. Se tiene estrés si existe un mañana. ¿Qué hacemos los de este mundo envuelto en papel de regalo? Lo mismo que un niño el día de su cumpleaños: rompemos el papel, nos entretenemos con el regalo un rato, nos aburrimos pronto y dejamos el regalo olvidado. Si todo está hecho, ¿qué se hace? Buscar problemas». 

***

Me cuentan que en Perú existe una expresión concreta para definir a esas personas lánguidas, sufridoras, que van como a rastras de un lado a otro con una mochila a la espalda. Dice así: «Ahí, dándole pena a la tristeza». Qué brillante. 

***

Recuerdo un artículo que escribió Juan Tallón hace años que hablaba de los objetos perfectos e inmejorables, como una cuchara, un bolígrafo o un libro. Días atrás, me preguntó el mayor: «¿Por qué te gusta tanto leer?» Como estaba tumbada en el jardín con una novela entre las manos que quería seguir devorando, me limité a decir: «Porque no tengo varias vidas ni una máquina del tiempo». Asintió: «Ah, claro». 

*** 

Los ojos son libros abiertos a la espera de que alguien se atreva a leerlos. En los ojos de la gente puedes encontrar al niño que fue e intuir al viejo que será. Hay ojos que son abismos insondables, ojos en los que el dolor está dibujado de una forma tan clara que asusta, ojos de niebla y ojos con fuegos artificiales, llenos de brillo y curiosidad. Van vestidos siempre de gala por una forma concreta de mirar. En ellos, es posible vislumbrar la risa sin oírla, jugar al arte de la seducción o averiguar lo que perturba. Todo está ahí contenido. Todo. Solo hace falta fijarse con atención.

*** 

Son las cinco y media de la mañana y vamos de camino al aeropuerto. Apenas hemos dormido, pero el paisaje que se abre paso tras la ventanilla del taxi nos mantiene insomnes. Es un amanecer oscuro, tan enigmático como precioso. En el mediterráneo todo es más suave, tipo acuarelado, pero allí el cielo es un degradado naranja, amarillo, morado y azul profundo. Es hipnótico. Lo contemplamos en silencio. Saco el móvil para fotografiarlo. Me dice: «No saldrá. Porque nunca sale ese color. Llevo muchos años intentando pillarlo y no hay manera». Enfoco mejor, pruebo varias veces, miro el resultado y sonrío. Comenta: «Ah, pues ahí está». Sí, sí, sí, atrapamos ese amanecer.

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A veces me da por escribir y dibujar constelaciones, colgarme de la luna, tener alas, buscar el brillo de las cosas intangibles...

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