Llevo días hablando de «El día que dejó de nevar en Alaska» en las redes sociales, en otros blogs que me han pedido entradas, en entrevistas… pero nunca es lo mismo que hacerlo aquí, en este pequeño rincón. Porque es mi espacio y puedo permitirme el lujo de decir cualquier chorrada sin sentir que estoy siendo incorrecta, o porque me encanta pasarme por aquí de vez en cuando, aunque lo tenga tan abandonado. Y esta sección es una de mis preferidas, una que nació con «Hablando de 33 Razones para volver a verte» y luego siguió con «Hablando de Tal vez tú» y «Hablando de 23 Otoños antes de ti». Me gusta la idea de poder hablar de cada historia de una forma más cercana antes de su salida, (y releerlo tiempo después y darme cuenta de todas las tonterías que escribo sin pensar).

La cuestión es que la novela llega mañana a las librerías y yo estoy tan nerviosa como siempre. Es decir, mucho. Muchísimo. Y siento lo mismo que de costumbre, unas ganas inmensas de meterme en una cueva hasta que pasen las primeras semanas. Si algún autor que esté a punto de sacar su primera novela piensa que la inquietud desaparecerá con la práctica, lamento decirle que no es así. Al menos, no en mi caso. De hecho, empeora. A los nervios habituales hay que añadirle los que generan las expectativas (pagaría por conseguir que esa palabra no acompañase a los lectores antes de coger un libro y sí, sé que es utópico, pero por pedir…), y el hecho de que en las redes sociales hoy en día te enteras de todo, incluso de lo que no quieres (aunque ya desde el último año tengo como norma mirar opiniones tan solo durante las primeras semanas, porque si no es imposible seguir trabajando sin que surjan inseguridades o te afecten las cosas).

Pero, al lío. En medio de ese cúmulo de nervios y dudas, «El día que dejó de nevar en Alaska» llega mañana a vuestras manos y no tengo intención de hablaros sobre lo que encontraréis dentro de la novela, porque creo que con la sinopsis es suficiente, pero sí de lo que escribir esa historia significó para mí.

Yo creo que a todos los autores les ocurre en algún momento: hay una novela que supone «un antes y un después». Pues bien, en mi caso esa novela fue esta. Y no sabría explicar por qué, sencillamente ocurrió. Para entenderlo quizá sea necesario aclarar que, normalmente, suelo ser muy crítica conmigo misma. Es decir, que soy incapaz de releer esas historias que ya están publicadas sin desear viajar atrás en el tiempo para poder cambiarlo todo. Y es frustrante. Porque escribir una novela supone mucho trabajo, muchas horas, y no imagino mejor recompensa que sentirse satisfecho al terminarla. Pues bien. La primera vez que percibí esa sensación tan gratificante al cien por cien, fue con esta historia. Lo reafirmo porque han pasado dos años desde que la terminé y sigo siendo capaz de releerla. Y, junto al último proyecto que finalicé este verano, le guardo un cariño especial. Así que os podéis imaginar las ganas que tenía de compartirla después de tanto tiempo de espera y de todo lo que significó para mí escribirla.

Y es que, después de poner el punto final a esta novela, escribir empezó a resultarme mucho más divertido y gratificante, casi como ese abrazo que tanto se necesita a veces. Nunca mejor dicho. Porque las palabras y las historias tienen algo que envuelve, abraza, y, al mismo tiempo, han terminado siendo eso, necesidad. Supongo que hay un momento de no retorno en el que sabes que algo forma parte de tu vida, porque te hace más feliz, más todo, y ya eres incapaz de renunciar a ello. Hoy en día, así es como me siento.

Ya sabéis que en este tipo de entradas lo de «yo he venido aquí a hablar de mi libro» como que nunca termina cumpliéndose mucho, pero, intentando volver al tema inicial, os diré que una de las razones por las que la historia sigue siendo tan especial para mí, es por su protagonista femenina. Heather me robó el corazón. Yo odiaba escribir en primera persona del presente cuando empecé esta novela (tan solo lo hice en «Sigue lloviendo» y porque era cortita y quería probar), pero sentía que era el narrador ideal, así que aunque al principio me costó, en algún momento ella y yo conectamos y fue como estar de verdad dentro de su cabeza, como si fuese de carne y hueso y caminásemos juntas (cosa que hicimos en muchos sentidos y que quizá entendáis mejor al leer los agradecimientos de la novela). Así que fue un poco eso, un trayecto que recorrer, unos personajes que se quedaron conmigo, un estilo de historia diferente a las demás en algunos aspectos y muchas horas dedicadas a la documentación de la novela (aunque aquí parte del mérito es también de mi chico, que siempre me ayuda en todo lo relativo a mapas y distancias, tarea para la que soy torpe hasta límites insospechados).

¿Qué más puedo decir? No me gusta revelar mucho de las historias, incluso en las sinopsis intento no contar prácticamente nada, pero si os animáis a darle una oportunidad, ojalá os haga pasar un buen rato de lectura entre sus páginas. Nilak y Heather siempre tendrán un rinconcito especial en mi memoria, por el tiempo que pasé junto a ellos y porque me impulsaron a probar después cosas nuevas, a querer seguir aprendiendo y mejorar, porque al final creo que en eso se resume todo; en avanzar, sentir las historias y disfrutar lo que estás haciendo con la esperanza de que al final otros también lo vivan así. Así que ojalá os ocurra en este caso y, si no, siempre llegarán más historias (eso de que hay un libro para cada lector es totalmente cierto); lo que me recuerda que dentro de poco os hablaré de todo lo que está por llegar durante este 2018 ahora que ya he cerrado el calendario y he terminado de organizarlo. Mientras tanto, siempre nos quedará Alaska.

1 comentarios:

Hoy encontré tu blog.. Acabo de terminar esta hermosa historia.. He leído tus libros pero das en el clavo con este..solo me duro 48 horas no podía parar...Gracias por tus historias.. Espero con ansias la próxima

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