Cole: Ahora quiero contarle mi secreto.
Malcolm: De acuerdo.
Cole: En ocasiones, veo ideas.
Malcolm: ¿En sueños? ¿Despierto? ¿Ideas muertas en tumbas, en féretros?
Cole: Moviéndose por ahí, como ideas normales. No se ven entre ellas. Sólo ven lo que quieren ver. No saben que no están escritas.
Malcolm: ¿Las ves a menudo?
Cole: Todo el tiempo. Están en todas partes. No le contará a nadie mi secreto, ¿verdad?
Malcolm: No. Te lo prometo.
Cole: ¿Se quedará hasta que me quede dormido?
Malcolm: Claro.
Ataques inesperados de las musas. ¿Os ha ocurrido alguna vez? Todo empieza más o menos así: de eso que una es feliz, con su vida, con su rutina (su rutina de dos días a la semana, entendedlo así), con una nueva historia entre manos que llevabas pensando desde hace meses, atando cabos, añadiendo cosas, perfilando personajes… Así que te plantas a finales de verano con más de cien páginas, a pesar del abrasador calor que siempre logra que escribir se convierta en una tarea más ardua. Y lo dicho, eres feliz. Hasta que una buena mañana te levantas y, mientras te preparas el café, empiezas a rememorar en qué estabas pensando durante la noche anterior, antes de dormirte. Porque sí, es justo instantes antes de conciliar el sueño cuando un sinfín de ideas empiezan a bullir en tu mente, provocando que:

  1. A) Sufras insomnio habitualmente.
  2. B) Odies a los protagonistas de tus novelas, dado que te impiden dormir.
  3. C) A la mañana siguiente, no solo no recuerdes esa escena o diálogo tan genial que se te ocurrió cuando estabas a un paso de cerrar los ojos, sino que además te has convertido en un zombi. ¡Adiós productividad!
De cualquier modo, no sé si por suerte o por desgracia, la idea que te asaltó de pronto continúa ahí, molesta, como un parásito que se instala en tu cabeza y se niega a marcharse. Y tú sigues erre que erre, convencida de que lo razonable (y adecuado) es continuar con la novela que tienes entre manos e ignorar esa otra historia que se empeña en adueñarse de todo el protagonismo. ¡Fuera, márchate!
Ahí empiezan unas cuantas semanas de sufrimiento, mientras te debates entre lo correcto y lo que tu instinto te pide que hagas, mientras te empeñas en ignorar rostros que se aparecen como fantasmas, diálogos la mar de graciosos (la gente a tu alrededor cree que estás pirada cuando te descubren riendo a solas), en apartar bruscamente a esos nuevos personajes (aunque él sea tan, tan, tan mono…) Hasta que finalmente te rindes. O mejor dicho, ondeas en el aire una banderita blanca pidiendo una tregua puntual.
Cedes ante la presión, te preparas algo fresquito, te sientas en la mesa frente al ordenador y abres un nuevo documento. Suspiras mirando la hoja en blanco y te dices a ti misma: «Solo voy a escribir un resumen muy básico y un par de párrafos, para tener el comienzo claro, nada más». Y como era de esperar, horas después terminas revisando el primer capítulo ya terminado de tu nueva historia. Sí, porque ahora ya no es solo la idea que te jode el día de vez en cuando, ahora ya es «la nueva novela que tengo entre manos» y en la que antes estabas enfrascada termina convirtiéndose en «la novela que retomaré» (I promise). Porque a veces, sin duda, las musas mandan y solo nos queda la opción de reconciliarnos con ellas.

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