El otro día, en una entrevista para el blog Modus Leyendi, me preguntaban sobre el paso que me resultaba más difícil de todo el proceso de escritura y en ese momento me di cuenta de lo claro que lo tenía: la corrección. Sin ninguna duda.
Corregir una novela es agotador, agobiante y un pulso constante contra uno mismo cuando no dejas de escuchar esa vocecita en tu cabeza que te susurra: «La historia es una mierda, ¡sigue haciendo cambios eternamente!» y la otra parte que te dice: «Para ya. Déjalo. Confía en lo que has hecho». Evidentemente, imagino que no a todos los escritores les ocurrirá lo mismo, pero este es el proceso que normalmente sigo desde que empiezo hasta que termino una novela:

¡Tengo una idea!
¡Sí, tengo una idea nueva! Veo a los personajes, veo el argumento por encima, pero todavía no está todo claro y voy barajando diferentes opciones; no descarto ninguna posibilidad.
¡Empiezo a escribir una novela!
Momento de máxima felicidad. En serio, estoy emocionada e ilusionada y no puedo parar de hablarle a todo el mundo de lo genial que es el proyecto que tengo entre manos. Además, ahora tengo un montón de libertad para crear, cambiar, añadir, abrir nuevos frentes en la trama… ¡un montón de posibilidades por delante!
Esto… vamos a ver si va finalizando la cosa…
Casi trescientas páginas y no veo el final. No lo veo. Me estanco, me bloqueo de vez en cuando y cuesta encajarlo todo, mantener el ritmo y concluir la historia lo mejor posible. Aparecen los primeros ataques de pánico: «¿Y si llevo quinientos meses con esta novela y en realidad no vale la pena?» Seguido de: «¿de verdad le interesará a alguien lo que estoy contando aquí?». Lo sé. Todo muy drama.
¡He terminado la novela!
¡Lo he hecho! ¡Y no me lo creo! Siempre es como un acontecimiento increíble y persigo a J por la casa durante unas cuantas horas repitiendo eso mismo: que está terminada (porque aunque lo diga muchas veces no me lo creo). Y me siento entre plena y vacía al mismo tiempo, una mezcla muy rara.
Unos poco más tarde…
Voy a destruir esa novela antes de que nadie pueda leerla.
Días después…
¡Amo la novela! ¡Amo a los personajes, la escena del capítulo 16…, todo!
Empecemos la corrección. Vamos allá.
Comienza la locura. Nada cuadra, nada tiene sentido, este diálogo se repite tres veces, el ritmo es muy lento, esta escena no se la va a creer nadie pero, por otra parte… por otra parte es una novela y, claro, en las novelas ocurren cosas inverosímiles y puedo dejarme llevar, ¿no? Además, acabo de darme cuenta de que el tono que uso al inicio de la historia no tiene nada que ver con el del final, que está mucho más trabajado, así que voy a reescribir todos los primeros capítulos. ¡Fiesta!
La leo por sexta vez consecutiva. Me sé las frases de memoria, no puedo evitar saltarme párrafos, estoy empezando a odiar mi propia historia… pero sé, sé que todavía quedan fallos, sé que aún puede mejorar más, así que sigo y sigo y sigo…
J ha empezado a ignorarme (porque es una persona normal), y me veo en la obligación de llamar a un par de amigos para desahogarme y hacerles entender lo difícil que es decidir en qué momento una novela está totalmente concluida, si existe ese instante en el que piensas «Vale, no hay ni una sola frase que mejorar, todo es perfecto, inamovible». En el fondo, soy de las que piensan que esa certeza no existe, que simplemente un día cualquiera tienes que frenar y dejar que la historia continúe su camino, convencerte de que era lo que deseabas contar en un punto exacto de tu vida y entender que debes cerrar esa especie de etapa y abrir una nueva.



Así que ahora ya sabéis uno de mis puntos débiles: me cuesta un mundo dejar de toquetear las historias una vez están terminadas. A veces, me lleva más tiempo corregirlas que escribirlas; me desgasta y me frustra más. Siempre pienso que puedo hacerlo mejor. De hecho, hace poco hablaba con un amigo sobre la nota que le pondríamos a nuestras novelas (voy a ignorar que él dijo un tres y medio, sí, tú) y yo pienso que me sería imposible puntuar las mías con más de un cuatro sobre cinco, porque si le diese el máximo de estrellitas sería como haber llegado a mi tope, a una especie de límite personal.
No estoy segura de si algún día cambiaré de parecer o terminaré una historia que para mí sea perfecta en todos los sentidos, porque cada vez que empiezo una novela nueva pienso que va a ser la definitiva, que voy a intentar superar la anterior, que ahí sí que voy a volcar todas las emociones que envuelven a los protagonistas… y regresa la ilusión de crear algo más, de experimentar, de jugar con la trama y los sentimientos del lector, de empezar de cero.

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