Dije que intentaría actualizar más el blog así que, aprovechando que acabo de empezar 13LQR, la tercera entrega de la serie Volver a ti, me apetecía contar cómo me organizo antes de meterme de lleno en una novela. Es algo sobre lo que hablé hace tiempo en este post, porque tan solo lo he hecho con los últimos tres proyectos, y varios autores me preguntaron por ello (me consta que a muchos les funcionó el método y lo siguen usando). Justo el otro día lo comentaba con María, mi compi de editorial, y pensé que podría ser buena idea compartirlo. A rasgos generales, si no me equivoco, es lo que se conoce como escaleta de una historia. Lo cierto es que no sé si lo hago de forma correcta, pero a mí me ayuda muchísimo.
La clave es tenerlo claro. No digo que sepa todo lo que va a ocurrir en la novela, porque no es cierto y me gusta dejarme llevar e improvisar, pero sí necesito trazar un poco la introducción y, sobre todo, el nudo. ¿El final…? Bueno, teniendo en cuenta que todos sabemos cómo terminan las novelas románticas, prefiero ir masticándolo mientras escribo, aunque casi siempre tengo una idea más o menos dibujada sobre la que luego acabo trabajando más a fondo.
Esto significa que antes de hacer el corcho sé lo que quiero escribir. Suelo tomarme unos meses para pensar en la historia; empiezo a visualizar los personajes, las escenas, los diálogos, los conflictos, a idear subtramas que enriquezcan la novela (esto me cuesta muchísimo), perfilar secundarios, etcétera. Siempre lo digo, pero lo repito: tener una idea es fácil, todo el mundo tiene ideas que podrían convertirse en una novela (mi novio me dice unas diez al mes), pero lo realmente complicado en esto de escribir es que la idea se sostenga, tenga profundidad y que sea lo suficiente idónea como para que decidas pasar los próximos meses (o años) de tu vida desarrollándola. No es ninguna tontería. Y es importante distinguir entre una buena idea y una idea que tú puedas convertir en un libro. A mí, por ejemplo, se me ocurren muchas historias de misterio e intriga, pero ahora mismo no me siento preparada para plasmarlo sobre el papel. Lo mismo me ocurre con la histórica; tengo en mente hacerlo algún día, pero antes debo dedicar mucho tiempo a la documentación y no es lo más conveniente en este momento de mi vida.
De hecho, la razón principal por la que empecé a usar este método tiene mucho que ver con ese tiempo que ahora me tomo para ir dándole vueltas a la idea. Uno de mis grandes defectos era que solía tener muy claro el comienzo y quizá el final, pero no el nudo. El nudo es muy jodido. El nudo es esa parte de la historia en la que ya has presentado más o menos la idea principal y no hay muchas novedades porque, por regla general, si hay algún giro el autor se lo suele guardar de cara al final. El nudo es, además, el momento en el que tiendo a abandonar la lectura de alguna que otra novela si me está resultando aburrida. Es muy difícil mantener la atención del lector en una historia contemporánea si pretendes que sea realista, pero hacia la mitad la cosa se vuelve aún más complicada. Hace unos años, tampoco muchos atrás, cometía el gran error de emocionarme a lo loco cuando se me ocurría una buena idea y lanzarme de cabeza a escribirla así sin orden ni concierto. Y a veces funcionaba, sí, pero no han sido pocas las ocasiones en las que, pasada esa efusividad inicial, he terminado dejando a medias una novela. ¿Adivináis en qué parte? Sí, en el nudo.
Alice KellenAsí que me dije: «es evidente que tengo que tener muy claro qué ocurre en esa parte de la novela antes de empezar a escribirla». Y eso intento hacer ahora. Por eso recurro al corcho. Rellenar el corcho me obliga a tener más o menos dibujado el esqueleto de la historia, lo que es un punto a mi favor para no perderme a mitad o abandonarla por falta de ideas o encontrarme en un callejón sin salida. Hasta que no tengo clara la historia no hago el corcho. Y hasta que no hago el corcho, no empiezo a escribirla en serio.
Una vez lo tengo listo, escribo en los post-it las escenas que sé que tienen que suceder, esas que veo muy claras en mi cabeza, que son necesarias para el desarrollo de la historia. Anoto momentos específicos, situaciones o cosas que deben ocurrir a grandes rasgos. Luego, cuando llego a ese instante, improviso, pero al menos sé que del punto D tengo que ir al E y es una manera de no perderme e ir avanzando en la historia por el camino correcto.
Otro aspecto interesante a la hora de hacer el corcho es que puedes montar las escenas como si fuese una película, esa ahí y esa allá, moviéndolas. Es muy útil a la hora de no repetirse, porque si veo que en dos post-it que están muy juntos pone lo mismo, estilo «pelea, reconciliación» o «escena romántica», procuro distanciarlos o encajar los sucesos de otra manera. Lo mismo ocurre cuando veo que se suceden muchas escenas en las que no aparece un secundario (¿nunca habéis tenido esa sensación de que la autora se ha olvidado de la existencia de algún personaje? Yo sí y, lo que es peor, tiendo a cometer ese error, así que intento fijarme en detalles así). También es interesante para, si los personajes esconden algún secreto, situar bien en qué momento desvelarlo. Y lo mejor es que está sujeto a cambios, claro. Antes hacía esto mismo en una libreta, estilo lista, y me pasaba la vida tachando cosas hasta el punto de que al final era difícil entender lo que había escrito. Si, por ejemplo, mañana se me ocurre una nueva escena que me parece imprescindible (suelo hacer este tipo de cosas todo el tiempo), puedo ver de forma general la estructura de la historia, la escribo en otro post-it y decido en qué lugar encaja mejor. Al final, no deja de ser como montar un puzzle, el orden de esas piezas y el desarrollo de las mismas puede ser determinante a la hora de que una historia sea más o menos interesante. Y como se me da fatal trabajar con secundarios o subtramas (y últimamente me esfuerzo por hacerlo), este es el método que mejor me ha funcionado hasta la fecha. Puedo analizar la novela de una forma general, quitar o añadir y usarla de guía para evitar mis (temidos) bloqueos.
IMG_20161004_142656Por último, suelo apuntar en una hoja más grande (que coloco al final del corcho), las cosas que debo ir recordando durante toda la novela. Tengo una memoria de pez, así que esto me viene genial. Para que os hagáis una idea, poniendo como ejemplo la novela «Llévame a cualquier lugar», en ese espacio irían apuntes del estilo: «recuerda que a ella le gustan los pintauñas», «recuerda que él lee guías de viaje», «recuerda que el padre de Léane suele enviarle mensajes al móvil con frases célebres», «recuerda que ella no se come los caramelos rojos», «recuerda que deben asistir a clases y esas cosas que hace la gente en la universidad». Y un eterno etcétera. Esto me ayuda a marcar los detalles y a evitar que cometa el error de, por ejemplo, asegurar que a mi personaje le apasiona leer, pero que a lo largo de la historia no toque un libro ni con un palo. Es importante no solo decirle al lector lo que le gusta, sino mostrárselo a lo largo de la novela. En general, ahí meto cosas que debo tener en cuenta durante todo el desarrollo.
Y poco más. Aquí está el «truco» que utilizo. Como digo al principio, es algo que, aunque a mí me funcione genial, no le servirá a todo el mundo. Cada autor tiene sus manías. Por cierto, estad atentos al blog porque en unos días colgaré la entrada con las curiosidades de «33 Razones para volver a verte» y muchas cositas más (prometí que intentaría mantenerlo actualizado y estoy en ello ;)

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