Tengo la sensación de que siempre empiezo estas entradas igual, pero es que parece que el 2017 ha sido un pestañeo y poco más. Así que aquí estamos, a punto de despedir otro año e intentando hacer balance de todo lo que ha ocurrido estos últimos meses. Ahora que por fin, ¡por fin!, me he cambiado de blog, es un buen momento para estrenarlo.

Creo que este año he estado más centrada en mi vida personal, porque era lo que necesitaba. Ha sido un año bonito y lleno de planes futuros; a veces no todo se cumple y hay cosas que se escapan de nuestro control, cosas que te marcan e ilusiones que se rompen, pero supongo que todo ocurre por alguna razón y sirve para fortalecerte más y mejor.
También ha ayudado que este año viviese de otra forma esto de escribir, quizá de un modo más íntimo, o puede que existan experiencias y momentos que nos hagan darnos cuenta de qué es lo verdaderamente importante. A mí esto siempre me ha dado mucho en lo que pensar. No solo ahora, sino a lo largo de mi vida. ¿Sabes esos instantes en los que ocurre algo, ya sea bueno o malo, parece que el mundo se pare y de repente no entiendes cómo es posible que durante meses hayas estado preocupándote o enfadada por cosas tan irrelevantes? Pues a eso me refiero. Cuando sientes que has perdido el tiempo en asuntos que no lo merecen y que hubiese sido más provechoso usar esas horas en ver una película, leer un libro o tumbarte en la cama a escuchar música. O solo respirar y no pensar en nada. Porque a veces sin querer vivimos dentro de pequeños bucles que, en realidad, no nos aportan gran cosa. El problema es que, al menos en mi caso, hace falta algo, un pequeño golpe, para abrir los ojos y, en cierto modo, empezar desde cero con esa nueva experiencia.

… Porque las experiencias, las vivencias, es lo que marca la diferencia. Y al final todo suma. Yo creo que somos el resultado de muchas pequeñas cosas que se van juntando; tantas, que a veces es imposible diseccionarlas, y ahí dentro hay un entresijo de sentimientos y pensamientos, tanto buenos como malos, que desencadenan nuestras acciones y decisiones. O me gusta imaginarlo así. La cuestión es que no siempre seguimos una trayectoria recta y a veces es necesario tomar curvas si piensas que hacerlo será bueno para ti. Y en una pequeña parte de mi vida, la literaria, la que vosotros conocéis, este año ha sido importante. Ha cambiado el prisma desde el que veía ciertas cosas, pero, al mismo tiempo, eso me ha servido para reforzar algo que ya sabía: escribir es lo que más me gusta, me llena y me ayuda.
Y partiendo de esa certeza, entendí que todo lo demás es solo el envoltorio de lo realmente importante. Me he dado cuenta de que no pasa nada si tardo un par de semanas en actualizar las redes sociales o en contestar mensajes. Y no es que no piense que las redes no sean una herramienta genial, porque gracias a ellas los autores podemos tener un trato directo con los lectores y he conocido a gente increíble, personas que incluso han terminado siendo amigos de esos a los que das los «buenos días» y las «buenas noches», vamos, de los que comparten el día a día contigo y te conocen de verdad. Pero sí creo que, para mí (porque esto es algo muy personal y subjetivo), al final todo es una cuestión de prioridades. Así que este año decidí reorganizarlas, pensar a qué quería dedicar más tiempo y por qué, y me he dado cuenta de que funciono mejor de esta manera e incluso disfruto más al interactuar ahora que sé que el mundo no se va a parar por estar unos días sin entrar en Instagram o Twitter.

Y os cuento todo este batiburrillo de cosas porque, bueno, porque para eso tengo este espacio y porque todo lo anteriormente dicho ha afectado mucho y de forma positiva a mi año literario. Principalmente por eso, porque ha sido el más tranquilo. Me he tomado de una manera muy distinta la publicación de «23 Otoños antes de ti» y «El día que dejó de nevar en Alaska». He disfrutado de ambos momentos y han sido geniales, pero también he aprendido a dejar ir una novela, pero dejarla ir de verdad, sin seguirla después a cada paso.

Va a sonar fatal lo que voy a decir, pero… son novelas. Y con esto no quiero expresar que no tengan valor, porque son y siempre serán una de las partes más importantes de mi vida, sencillamente creo que a veces se nos olvida (quizá más incluso a los autores que a los lectores, o al menos a mí me ha pasado). Probablemente no esté siguiendo el hilo de esta entrada, pero acabo de recordar algo que también tiene que ver con lo que antes he comentado, y es que creo que en ocasiones se pierde la perspectiva de las cosas. He visto a gente discutiendo en redes sociales por una novela, por tener opiniones distintas, a veces incluso entre autores (o por rivalidad, o por líos tontos), lectores enfadados (enfadados de verdad) tan solo porque un libro no les ha gustado, como si fuese casi algo personal. Ver tanta negatividad y peleas en torno a algo que debería despertar todo lo contrario, me pone triste. Y, además, me reafirma en mi manera de ver y sentir las cosas durante este año, porque sigo buscando vivencias que me sumen siempre y no que me resten.

En fin. Después de toooodo esto, es muy probable que ya no quede nadie leyendo esta entrada (cosa de lo más comprensible), pero me habéis preguntado a menudo por qué estaba menos activa y, más allá de mi vida personal, quería intentar explicarlo antes de seguir divagando (creo que llevaba demasiado tiempo sin escribir por aquí y todas las ideas enredadas han salido a la vez y sin mucho orden ni concierto). El caso es que 2017 ha sido un muy buen año literario, en parte gracias a vosotros, los lectores. Ha sido calmado, pero bonito. Quizá también porque es el primer año que no me he autopublicado, cosa que cambiará en el siguiente, y eso hace que vivas las cosas de otra manera, más distanciada quizá. Pero he aprovechado ese tiempo para escribir y he conseguido cerrar dos proyectos.

El primero fue «13 Locuras que regalarte», la novela que terminé el 16 de marzo. Creo que, hasta la fecha, es la que más me ha costado escribir, pero también ha sido al final mi preferida de la Serie #VolverATi y fue genial poder despedirme de todos ellos tomándome mi tiempo y contando lo que quería. Siempre los llevaré a todos en mi corazón y, sí, este año cierro una etapa importante, una que me ha dado un montón de alegrías y me ha hecho aprender mucho a lo largo de este camino que empezó hace casi cuatro años con un grupo de amigos que se conocieron jugando en las calles de una urbanización con un bate de béisbol, delante de una chica que tenía el pelo de color calabaza y el rostro lleno de estrellas.

Y luego llegaron ellos, Axel y Leah…
… Lo hicieron de golpe y con fuerza. Creo que, hasta ahora, nunca he tardado tan poco tiempo en escribir una novela como me ocurrió con la primera parte de la bilogía. Estuve con ellos desde mayo hasta agosto, unos pocos meses muy intensos en los que escribí sin parar y sin pensar, tan solo sintiendo su historia y disfrutándola. Ojalá pudiese decir que todos los proyectos son así, que fluyen sin esfuerzo, pero no es cierto. Quizá fue un golpe de suerte o que llevaba su historia muy interiorizada, no lo sé, pero fue perfecto recordar esa sensación increíble cuando los dedos van casi al mismo ritmo que las ideas.
Y esas ideas te llegan, claro. Porque ocurrió.
Volví a sentirme feliz delante del teclado.

Luego me tomé unos meses relajados y centrados en mí misma, pero ahora podría decirse que tengo tres proyectos empezados, todos diferentes y quizá algo alejados del género romántico. Espero poder ir cerrándolos poco a poco. El caso es que tengo medio escrita una entrada en la que os hablaba de todo lo relacionado con las futuras novelas largo y tendido, así que espero publicarla en breve y así no repetirme ahora. Pero ya os adelanto que uno de ellos, ese que cuenta la historia de Valentina y Gabriel, me ha secuestrado estas últimas semanas, ha sido terapia y compañía y, si todo va bien, quizá los conozcáis muy pronto.

Ellos, Gabriel y Valentina

Ah, y otra de las mejores cosas de este 2017 fue la Feria del libro de Madrid. Este año estuve más tranquila (dentro de mis nervios habituales y de que, como ya os imaginaréis, a mí las presentaciones y reuniones no me van demasiado, y hace ya tiempo que tomé la decisión de no hacer cosas por obligación que me hiciesen sentir incómoda o infeliz). Pero el caso es que Madrid siempre es la excepción. No solo porque tengo la suerte de firmar al lado de compañeras y amigas geniales, en este caso fue con María, sino porque además es el momento en el que por fin te encuentras con todas esas personas que te acompañan durante el año a pesar de la distancia. Y compartir eso entre libros siempre es un plus. Pasar unos días con Dani y su familia, alquilar después un apartamento con el equipo cactus, Abril, Saray y Neïra, y quedarnos hablando cada noche hasta las tantas mientras me atiborraba de guarrerías (quiero crecer y madurar con esto de las golosinas, pero no puedo). El caso, que fueron unos días geniales llenos de risas y de buenos momentos, que al final es lo importante

¿Qué más…? Lecturas, lecturas…
Ha sido el peor año, al menos en cantidad. Casi no he leído nada. Durante la primera mitad del año porque, literalmente, cada rato libre que tenía lo usaba para escribir. Y durante la segunda mitad porque no me apetecía mucho. Va por épocas, supongo. El caso es que, por suerte, sí leí algunos libros que me marcaron, como El baile de las luciérnagas, La chica que dejaste atrás, Instrumental, Te quise como si fuera posible, la saga de Una corte de rosas y espinas (aunque me falta el último), bastantes poemarios o relecturas como Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea o Valiente Vera, pequeña Sara. Pero, en general, ha sido un año muy poco fructífero, cosa que espero solucionar este 2018, porque, bueno, nada más necesario que leer para seguir aprendiendo a escribir.

Series tampoco he visto demasiadas (en serio, no me preguntéis que he estado haciendo durante todo este año, porque no lo sé; en mi mente es como si hubiese tenido seis meses en vez de doce). Pero, a lo que iba, el gran descubrimiento fue sin duda «This is us». Decir que estoy enamorada de esta serie sería quedarme muy corta. Es perfecta incluso con sus pequeñas imperfecciones. Me encanta la banda sonora, los personajes, el guion, los actores, las relaciones, cada escena. He llorado mucho viéndola. Y ni siquiera es llorar de tristeza como tal, es llorar de… no sé, de emociones y sensaciones, de nostalgia y recuerdos.
La otra serie que vimos y que también me marcó a su manera, fue «Juego de Tronos». El caso es que habíamos empezado a verla hace años, pero no nos enganchaba. Me pasa algo curioso cuando a veces veo que a todo el mundo le gusta una cosa y a mí no, tengo la incómoda sensación de que me estoy perdiendo algo. Así que decidimos darle otra oportunidad. A veces no funciona, a veces sí. En este caso valió la pena. Vimos las siete temporadas de golpe. Siete temporadas de tenerme con el corazón encogido (si no me ha dado un infarto viendo esta serie creo que ya estoy fuera de peligro). En fin, que estamos deseando (por favor, por favor) que se estrene pronto la octava temporada.

Y películas…
Tampoco muchas, pero sí algunas que quiero destacar. Este año me conquistaron dos musicales y debo decir que no suelen llamarme demasiado la atención, pero «Lalaland» me tuvo tarareando durante semanas. Y la otra fue «Begin Again», que resultó inspiradora. He escuchado las dos bandas sonoras en bucle este año mientras escribía. Otra película que fui a ver con mi madre hace un par de semanas fue «Wonder», basada en el libro «La lección de August» y a las dos nos pareció preciosa. Y, por último, algo más románticas, me gustaron «Como locos» y «Definitivamente, quizás».

Nunca está de más recomendar cosas bonitas para finalizar el año.


Y lo dicho, en unos días os cuento sobre todo lo que viene… 

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